domingo, 7 de enero de 2018

Amor en Tokio


Pueblos de la meseta castellana, aulas escolares con zócalos pintados de azul sobre paredes encaladas. La familia. Niños asilvestrados entre hombres dinamiteros al que consiguen atraer a esa Arcadia feliz y justa llamada Puebla Nueva del Rey Sancho. Mujeres anuladas que adornan las calles y se juntan para hacer calceta y charlar. Los niños con los niños, las niñas con las niñas. Adoctrinamiento del maestro con el magno Fuero de los españoles. Señoritos y servidumbre. Cartero, alguacil, secretario…

La primera serie de mi vida fue “Crónicas de un pueblo”, una producción española en blanco y negro rodada en los exteriores e interiores de Santorcaz (Madrid), dirigida por Antonio Mercero y Antonio Giménez Rico, entre otros, y cuya sintonía de cabecera quedó grabada en mi memoria para el resto, proporcionándome la dosis justa de melancolía.

Ojalá olvidar fuera tan fácil como lavar una camiseta de rayas.

Revisando ahora algunos episodios de esta serie costumbrista, no me queda otra que reconocer que la superioridad del macho que se ve me da asco. Los hombres ostentan todos los papeles principales, son el eje incluso cuando alguna mujer es el centro de la trama. Estereotipos de libro en comportamientos e ideología. Las mujeres, meros complementos, dedicadas a sus labores, a servir al hombre o a encabronarlo.

Cuando tenía cuatro años empecé a ver esos capítulos en el televisor de casa y lo que veía era la vida cotidiana de las personas que vivían en un pueblo que bien podía ser el mío, y donde los personajes eran tan reales como viva estaba entonces. Los conflictos se resolvían enviando a uno a tomar un trago al único bar o llamando al maestro, al cura, al alcalde, o a los tres a la vez, para mediar en los asuntos espinosos.

Donde yo vivía ocurría lo mismo, veíamos por la calles a todos ellos con otros nombres, claro. El bar estaba lleno de hombres y de conchas de caracoles en el suelo, respetábamos al cura y lo llamábamos Padre, saludábamos muy amablemente al entrar en las tiendas. El maestro o el alcalde eran figuras de prestigio como lo eran los que tenían más dinero sólo por el hecho de tenerlo.

Cuando eres niña crees que todo está bien como está, pero llega un día en que te empiezas a hacer preguntas, primero en tu interior, después verbalizándolas, y así es como se acaba tu inocencia más pura. Rememoro algunas de las respuestas que me dieron entonces con tanta nitidez como si las escuchara en este preciso instante, y fueron tan injustas que me hicieron darme cuenta muy pronto que no todos los mayores tenían razón. Que la edad no da criterio ni equidad, y que se puede ser un reverendo gilipollas y actuar de la forma más deshonesta para con el resto a cualquier edad.

Aquella serie me dejó traumatizada por un hecho que recuerdo y del que no he comprobado su veracidad. Un gimnasio, un alumno, una caída y la muerte. Lo mismo mi cabeza se lo ha inventado, he de seguir viendo esos capítulos para corroborarlo.

Me asombra mucho la cabecera de la serie, los créditos, que fueron cambiando a mejor sin dejar completamente el uso del zoom pero suavizándolo ostensiblemente. Aquellas primeras entradillas eran terribles por su montaje a trompicones, cortes bruscos, desenfoques, etc. a ritmo de aquella melodía pegadiza, que ahora sé eran arreglos sin letra de una canción de Cliff Richards & The Shadows, y cuyo título no podía ser otro que “I could easily fall in love with you”.

Podría y lo hice, y ahora estoy pagando caro el dejarme llevar. 




He recordado la serie estos días mientras intento olvidarte, y todo por un coletero llamado Amor en Tokio: dos bolas unidas por una goma elástica que al enlazarse sujetaban el cabello, y que si se soltaban hacían bastante daño. 




lunes, 1 de enero de 2018

Capítulo Uno


Estos días me estoy acostando tarde, y una vez en la cama me cuesta mucho dormir, me despierto varias veces o demasiado temprano. Paso horas tumbada en la cama mirando mi techo y la lámpara de papel de arroz que pende de él e intentando eliminar de la mente imaginarios que me duelen mientras escucho los primeros ruidos de ascensores que suben y bajan a los vecinos más madrugadores. Está siendo un final de año realmente cojonudo, si lo pido a medida no lo hacen mejor.

Estos días he descubierto en mí la capacidad real de no hacer nada, de conseguir quedarme quieta cuando el engranaje de mi cerebro no deja de moverse a ritmos casi frenéticos mientras el resto del cuerpo ni se inmuta con absoluta rebeldía. En algún momento me doy cuenta que estoy apretándome las manos muy fuerte, o que cualquiera de las dos ha empezado a despellejar mi labio inferior.

Tengo ese tic desde hace tanto que ya ni lo recuerdo, sé que era pequeña y que mi madrina sentenció aquello de «cuando te besen no lo volverás a hacer». Qué equivocada estaba la buena mujer pues esa manía ha ido en aumento de manera desproporcionada. Cuando algo no va bien o estoy muy preocupada y nerviosa me dejo el labio destrozado, en carne viva, no paro hasta la primera sangre, y entonces, ¡me arrepiento tanto! Pero ya es demasiado tarde, siempre lo es.

Por el contrario diré que frente a los momentos de inactividad total están los otros en los que ando en tres tareas a la vez. Y digo yo: ¿dónde está el jodido puto punto medio de las cosas que lo tienen? ¿Existirá un porcentaje de ellos por persona y el mío lo está disfrutando otro que nació con estrella? ¿Conseguiré este año dejar de ser menos PAS* y más una PQSLST**?

También me turban otros pormenores que tienen que ver con las ciencias de andar por casa. Por ejemplo, la existencia de personas a las que les encanta tanto el aroma de las cerillas que se pasan el rato encendiendo una tras otra, o se hacen colección de cajetillas para olerlas igual que yo me colecciono marcapáginas y llaves antiguas de casas.

Soy extremadamente sensible a ciertos olores, detesto el humo del tabaco y el olor de las cerillas o mistos (que decía mi abuela Ana), encendidas o no.
Será por el azufre, porque la madera me resulta cálida al tacto, o quizás son los aditivos especiales de la lija adherida al lateral de la cajetilla, esa que en algún modelo es tan rugosa que puede verse a la perfección las formas cúbicas del polvo de vidrio que la forman. 

En cualquier caso no me veo inventando la cerilla impregnando un palito de madera de pino en azufre en China allá por el siglo X d.C ni como alquimista aislando el elemento fósforo en el París de 1669. Sin embargo, aglutinar, mezclar, fricción, rozar, ensamblar…esas son palabras que me gustan bastante en otros contextos más químicos, y me cuestiono, también, si encontraré el elemento adecuado que añadir a mi fórmula magistral para crear la sonrisa perfecta, la que dure más tiempo porque se vayan encadenando una sonrisa efímera tras otra.

Me está costando mucho, la verdad, equivoco las mezclas o las dosis, unas explotan con retardo, en otros preparados veo ciertas cualidades que me crean expectativas favorables que me ilusionan y que al final me confunden dejándome inmersa en lo tangencial, empapada hasta las trancas, insignificante. Y por ahí no hay nada que hacer.

Prefiero los planos que se cortan de lleno creando formas que juegan y fluyen a otras, no los que pasan por un punto o se estancan. Éstos me aburren una barbaridad.

Algún día aprenderé a puntuar bien un texto y a poner equis o puntos suspensivos cuando se merezcan.
Seguiré practicando.



Nuevo cuaderno, primera página en blanco.

Capítulo Uno

PAS* Persona de Alta Sensibilidad
PQSLST** Persona Que Se La Suda Todo