sábado, 12 de abril de 2014

Sábados de conversaciones

Me gustan estas mañanas de sábado soleado, aunque me haya levantado con un brutal dolor de cervicales y con cefalea tensional,  en las que charlar con los amigos de cosas chulas: cine, literatura,...otras más personales. Saltamos de una a otra con facilidad pasmosa, entrelazándolo todo como cuando tejo hilo con el ganchillo...Charlas con Jean, entre lavadora y cambio de sábanas...con Matt entre toma de paracetamol amable y búsqueda de película casi imposible de conseguir...
Hoy, charlando sobre Salinger con este último, le he hablado del libro de Enrique Vila-Matas sobre las renuncias y desapariciones por elección, y me he acordado de la reseña que escribí en 2009 en melibro.com
Me gusta recomendar libros o autores que me fascinan a mis amistades (sean o no peligrosas) y si como Bruno, mi arquéologo favorito, me dicen que le encanta Vila-Matas,... yo, tan feliz.

Por si os apetece echarle un vistazo, aquí la comparto.

         BARTLEBY Y COMPAÑÍA,  Enrique Vila-Matas 

Me encontré con Enrique Vila-Matas en el estante de una librería hace ya algún tiempo y desde entonces sus libros me conducen irremediablemente a la búsqueda de otros, al encuentro de otras músicas, de otras películas…Y así voy, con la inquietud de un parvulario por las cosas nuevas que aprende: con los ojos bien abiertos.

Sus narradores siempre llevan prestado su rostro, es algo que no he podido evitar desde que lo leo.

En este libro, el síndrome de Bartleby (escribiente en un relato de Herman Melville), sirve como excusa para recrear en un diario, un listado de personalidades destacadas en el oficio de la escritura que han tomado la decisión de no volver a escribir (o a la renuncia en general).

Muestra a los personajes, a los que une la negación -que en muchos casos ya han tenido la dicha de escribir sobresalientes títulos lo cuál tiene más mérito que si se sintieran fracasados-, los trucos o anécdotas para seguir anclados en esa opción del silencio, mediante retazos o apuntes de vida; algunos llenos de humor, otros oscuros como las horas negras cuando las musas no regresan, tristes finales para otros.

Desde Juan Rulfo a Tolstói, pasando por Salinger o B. Traven, cada uno de ellos con sus particularidades trazan la senda del No en uno u otro momento de sus vidas; algo difícil de ejercitar para algunos, ya que a veces frustra.

En varios casos involucra a su narrador con ellos y a nosotros, los lectores, con él, algo que resulta muy curioso y novelesco, ¿quién no ha querido formar parte de una historia alguna vez?

No existe, al menos yo no las veo, delimitaciones entre la biografía, el ensayo o la ficción. Leo y me lo creo todo sin más. Admito mi fascinación por la escritura de este hombre, me atrapa con sus habladurías, sus lúcidas interpretaciones, sus experiencias como lector y personales inundan su literatura inclasificable.


He de decir que sí, que me he sentido como una socia que forma  parte de un club privado; pero no de esos pijos y elitistas, éste está abierto a todo el que lo desee, tan solo has de abrir un libro de Enrique y comenzar a leer.


domingo, 6 de abril de 2014

Sobre la delgada línea roja


Durante el verano, en uno de mis paseos por la ciudad que me vio nacer, y antes de que se despertaran en mí las diversas alergias que me pueblan, descubrí a un chaval (al que ahora llamaríamos hipster) con un puesto de libros de segunda mano frente a la entrada principal de la Alameda, lugar emblemático de mi origen.

Siempre me ha encantado meter la nariz entre las páginas de los libros, aspirar su olor, y no me importaba si olían a humedad, o si era a tinta recién impresa, manosearlos, ver el diseño de su cubierta, leer sus primeras líneas, y nunca la contra. Disfrutar de ese magnífico silencio frente a las estanterías y los montones de libros en tiendas de ocasión, donde las palabras bullían con fuerza queriendo salir de su enclaustramiento de papel, era algo sagrado.

Así fue que, rebuscando en ese puesto improvisado, vi una novela, en bastante buen estado, de un tal James Jones en la Colección Naranja de Bruguera (el color naranja siempre me persigue).

Andaba yo por entonces muy obsesionada con el carácter épico y de alguna forma romántico de la Segunda Guerra Mundial y con la lejana y brutal guerra moderna en Vietnam (tema aparte). 
Mi primo tenía sus estanterías repletas de novelas del oeste y de guerra, pero en aquéllas tardes de siesta, de sonidos de chicharra y tórtolas, rayos de sol abrasadores en la Ciudad del Sol, cuando todo estaba en calma,  nunca me dio por leer nada de aquello. No sería el momento.


Y del montón me llevé, por cien pesetas, “La delgada línea roja” (antes editada con el título  “Morir o reventar”) y “Silbido”. Novelas segunda y tercera pertenecientes a la trilogía épica y autobiográfica del autor norteamericano.

Finalizó el verano y con él la vuelta a la normalidad: casa, compañeros de estudios, clases.

Ávida de lectura, inmersa en las páginas de ese par de novelas que somaticé enseguida, no tardé nada en ir a la ciudad y encaminar mis pasos a las  tiendas de viejo en la calle San Fernando (una de mis calles favoritas de ayer y hoy), a la búsqueda de la primera novela de la trilogía: “De aquí a la eternidad”, cuya versión cinematográfica ya había causado en mí gran revuelo interior tras observar cómo ese cuerpo perfecto de Burt Lancaster (con sus pecas en la espalda y ese bañador ajustado) se fundía en maravilloso beso con una Deborah Kerr atrapada entre el bien y el mal pero tan decepcionada con su vida que se deja arrastrar por la pasión que siente por ese hombre en Halona Cove, una playa al este de Oahu.


Cuando dos se besan con deseo y pasión todo lo demás es secundario, no importan ni los dramas que se avecinan ni problemas de trabajo ni guerras ni maridos aburridos. Eso vi en la peli siendo niña.
En la novela, siendo adolescente, vi mucho más lo crudo, edulcorado en el film.

Más de una década pasó hasta que alguien decidiera tomar esa primera novela de guerra que compré aquel día de verano, y pasarla a la gran pantalla. Diez años hasta que Terrence Malick pusiera su poesía visual a disposición para embellecer un insignificante episodio de una gran guerra. 

Y fue tal y como yo leí la novela, así la viví, esa fue mi experiencia, mi primera toma de contacto con el horror y el sinsentido de las guerras. Aun recuerdo cómo sentí los síntomas propios de la malaria mientras pasaba las páginas momentos antes de dormir, echada sobre mi cama; sentir la fiebre y los temblores, el dolor de articulaciones y de cabeza.

Creo que nunca he sido ni he actuado como una persona convencional (ojo, no lo digo porque me sienta la hostia); todos poseemos formas, detalles que nos diferencian del resto, a mí me ha tocado sentirlo todo, a veces con demasiada intensidad.

Me pregunto si vivo sobre la delgada línea roja que separa la cordura de la locura, la realidad de la ficción. Me lo pregunto porque algunas veces necesito respuestas, una señal, no me vale con suponer o imaginar, no lo sé todo; necesito una(s) palabra(s), sólo eso, para poder continuar.


Escribo estas líneas a un año de un beso bajo unas luces verde boreal que me levantaron del suelo y me hicieron volar.