martes, 12 de agosto de 2014

El niño que mutiló Marina City (II)


He cerrado la ventana al notar el poniente, mi cuerpo está ardiendo y, aun así, me siento congelado aquí, al sur del muro. ¿En qué clase de hombre me estoy convirtiendo?

Acabo de cortarme el pelo otra vez, en cuanto me crece más allá del uno resulta ingobernable. Quizás es la única muestra externa de irreverencia, de las pocas cosas que se me van de las manos si las dejo. Por eso lo corto de inmediato, para hacer ver al pelo que lo puedo manejar, que se serene un poco.

Siempre ha sido así, mi intimidad y yo contra todo lo demás: Yo en la última fila en clase, yo frente a las teclas  de un piano, yo frente a los retos, yo contra al monitor en blanco, y ahora, yo contra ella.

Pese a mi hermetismo de quita y pon, (porque me muestro sólo a quien quiero y cuando quiero) nunca he estado solo. Hay muchas vidas en mí; algunas luchan por salir a respirar aire puro, pero la salida resulta efímera, pues no les doy cancha. No sé si considerarme emotivo, creo que ese sentimiento lo tengo secuestrado desde hace largo tiempo. En mis arrebatos, las palabras surgen duras y frías como el acero y para cuando quiero controlar eso, ya han escapado crudas por mi boca, sobre todo por el teclado, y una vez cometido el error es jodido perdonarme. Pero no me importa, tengo el control.

No me permito miles de cosas, no las merezco, o, al menos, eso creo. Sin embargo, ella opina todo lo contrario. Lo supe cuando me miré en sus ojos aquél día luminoso. Todo el Pantone concentrado en su mirada. Estaba guapa y se lo dije. También me atreví a decirle que aunque no lo creyera la había echado de menos. Y ella no me creyó, pero lo dijo sonriendo. Nos besamos mucho esa tarde, y yo hablé más de la cuenta. Todo un memorando de intenciones, cuánta osadía aquel día, no sé que me pasó, ese no era yo, creo.

Pese a mis silencios y a mis cambios de actitud, ella sigue intentándome, le gusto de verdad, y me busca, me prueba, testea. ¿Por qué cree en mí? ¿Por qué se ha fijado en mí?

Todos sus intentos de acercarse los corto de raíz.  Me mantengo intocable, férreo  cual edificio poderoso. No me inmuto y le saco la lengua. Es difícil llegar a mí, lo sé, y sé que daño con mis formas, y aun así, me divierte. De esa forma pago su fe… y así me voy a quedar una vez más, sin ver sus piernas en verano ni sus hombros desnudos invitándome a tocarla…

Sé que es una mujer Serie A, sólo pide que la conozca. Pero hay algo en mí que impide esa posibilidad, me aterra. Me gusta dormir solo, notar las partes frías de la cama al estirarme.
Cuando nos besamos todas las dudas se esconden, pero en el momento que me pongo a pensar, salta el chip de alarma, y la realidad de ese miedo, de esa inseguridad que siento desde la adolescencia que no me deja vivir con normalidad, lo sé, pero no estoy preparado, todavía no puedo enfrentarme a alguien como ella.

Ella se mantiene ahí, en silencio, esperando cualquier movimiento mío. La intimido, lo noto. Sufre, y lo peor es que me doy cuenta. Pero, ¿sabes qué?, odio las sorpresas, y eso que se las trabaja, he de admitirlo. Otros babearían con cualquiera de las muestras que me ha regalado a mí,  les haría claudicar de inmediato su puro neo-romanticismo, caerían rendidos ante esa sonrisa que no ha perdido jamás frente a mí, y aquella carta, ¡ay!, aquella carta de amor puro, brutal, fue lo más maravilloso que me han escrito nunca, lo puedo asegurar. Pero a mí me resbalan sus intentos, las cosas han de ser como me gustan a mí, de esa manera, y no de otra, lo quiero todo atado y preguntado, ni un mínimo margen a la espontaneidad. La naturalidad para los otros, ese no es mi campo.

Seguro que le encantaría verme perdiendo el control, seguro que sueña con ello mientras me piensa, o cuando intenta descifrarme. 
Me abruma su tenacidad, pero sólo por un rato, pues enseguida se me pasa y me mantengo callado y ausente varios días, semanas, meses y ella, paralizada, sin saber qué hacer o decir para no despertar mí enfado.

Y va dibujando corazones de tiza por ahí; jamás sabrá que encontré su letra en una pared. Su nombre junto al mío.

Cree no conocerme, y por eso duda que pueda encontrarme. Pero lo intenta, la muy jodida lo intenta, no le falta valor, las cosas como son. Me conoce más de lo que imagina por eso la aparto de mí. Nunca le daré lo que me pide con sus actos.
Esa niña sigue su instinto, demuestra valentía. ¡Ojalá yo pudiera hacer lo…!
Cualquier día le muerdo para ver cómo reacciona. Como aquélla madrugada que me lo pidió y me reí abiertamente. Me gustaba.  
¡Quién sabe! Quizá llegue el día que hasta yo me sorprenda.

¿Pero qué tonterías digo? Nunca llegará, no me apetece en absoluto que ella sepa de mí.
Así que después de su última ocurrencia, bonita por otro lado, aprovecho y la echo para siempre de mi contexto. Sin las respuestas que ansía, ella no es nadie para pedirme que reaccione, nunca la quise involucrar con mi gente, después de esta insubordinación, menos aún. Siempre actúa por libre y así no se hacen las cosas. Si lo que busca es cavar profundo yo no soy su pala, que le quede claro.

Un par de clicks, unas palabras y un punto.
Adiós para siempre, pequeña.

Desaparecido me siento muy cómodo. Por estas cosas nunca sufro, ya lo hacen ellas por mí. Otra chica que alejo del camino. Pero estoy acostumbrado a gustar, siempre habrá otras.

Sí, soy un cobarde, podría haber sido como estar en el cielo, porque si me doy permiso para pensar en ella, me doy cuenta que me gusta,… pero bueno, un par de horas y se me olvida,…

O no.


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Estos son los que no se callan, y me encanta que así sea