sábado, 28 de marzo de 2015

Me gusta


Me gusta cruzarme con un tipo por la calle que escupa a mis pies, y más me gusta si alcanzo a ver el esputo del color que sea, con textura sólida y me salpique; eso me encanta.

Me gusta que me digan “te amo, sé mi compañera de vida” y cuando cruzas el charco dejándolo todo atrás buscando una vida mejor, me reciban con una botella de vino marca “la relación me viene grande, ¿no has pensado en compartir piso con otra gente? Me fascina esto mucho, y que no me respeten más.

Me gusta cuando dicen “no te lo conté porque no tiene ninguna importancia” y al pasar unos días lo que no era importante para nada, pase a ser Todo. Me encanta que se rían de mí  a la espalda, me fascina ser la última en enterarme de mis cosas.

Me gusta bastante el olor nauseabundo de la nave, que antes fue Nestlé y después Uralita, durante toda mi jornada laboral. Que el programa informático que utilizo falle todos los días haciendo mi trabajo nada pesado me priva.

Me gusta que, sin venir a cuento, me piquen las manos, se hinchen y duelan a rabiar. Me encanta no saber por qué. Me flipan los brotes alérgicos.

Me gusta mucho tener que comprender y empatizar con todo el mundo y que ni un solo habitante de este jodido planeta se moleste en absoluto en ponerse en mi piel, entenderme o conocerme tan sólo cinco minutos; ¡venga va, dos!

Me gusta tanto ir de paseo por la ciudad e ir sorteando vómitos, orines o mojones de animal que si no huelo el aroma que desprenden no me siento dichosa.

Me gustan los domingos por la noche cuando soy consciente que al no tener rentas de las que vivir me quedan pocas horas para levantarme e ir a trabajar. Me encanta el olor de la fideuá recalentada en el microondas un lunes, porque me recuerda lo mismo, que he de trabajar.

Me gusta cuando, gratuitamente, la gente dice cómo has de sentirte,  cómo has de ser: siempre feliz. Me encanta que no me dejen deprimirme o entristecerme por lo que sea que me apetezca hacerlo. Me gusta que no respeten mis silencios.

Me encanta ir escribiendo esto mientras camino por la calle a las siete de la mañana porque me fascina no entender nada después.

Me encanta olvidarme de extraer con sumo cuidado las etiquetas de la ropa que me pongo porque raspan mi espalda durante todo el día. Me gusta tanto ese sinvivir que lo hago a menudo.

Me gusta demasiado cuando la gente fuma a las 6.30h en la parada del bus, me encanta cuando me alejo y ellos me siguen apurando el cigarro a extremos inimaginables, igual que hago yo cuando como chocolate negro, así.

Me subliman las cefaleas tensionales brutales y el síndrome de colon irritable, ¡no imagináis cuánto!

Me agrada entrar en casas con mascotas de pelo, que te digan que han limpiado cuando no es así, y que lo de las alergias está en la mente. Sí, eso me cautiva.

Me gusta la cerveza caliente, el pan mojado por la boca de un bebé, el recuerdo de colillas en el agua (y añadidos) recalentada en los bordes de la piscina municipal, que la gente se preocupe por el qué dirán o harán los demás, que nos enfademos por chorradas, enterarme demasiado pronto de las verdades de la vida y la muerte. 

Me alucina que no vayas a hablarme  nunca más, que todas las palabras y las risas se las lleve el viento.

Me encantan los doblajes de series y películas, encontrarme canas por todos sitios, la enfermedad y el frío metido en el cuerpo.

Me flipa que cambiemos la hora porque a un astrónomo y entomólogo neozelandés le viniese bien levantarse antes de la cama para su recogida de insectos, gracias George Vernon Hudson; y a ti también Alemania, gracias crisis del petróleo del 74.

Me gusta muchísimo el cariz político que está tomando esta sociedad, la podredumbre de los medios de comunicación, la corrupción sin consecuencias, las injusticias, la maldad, la intolerancia, la xenofobia, el maltrato de cualquier tipo, la violencia…


Podría seguir hasta el infinito porque existen millones de cosas fascinantes pero lo dejo en esos puntos suspensivos.  Seguro que a ti también hay muchas cosas que te privan tanto o más que a mí, me gustaría, me encantaría que me las contaras, soy toda ojos.



Otro día os cuento lo que no me gusta.





domingo, 22 de marzo de 2015

Yo quería llevar pantalones




Yo quería ir a un colegio público y no me dejaron. Que era un buen colegio me dijeron muchos años después, por eso lo eligieron para mí. Aunque tuve momentos buenísimos, no me dejaron ser libre, no pude elegir y eso es lo que yo veía en el colegio de mis hermanos, libertad, más o menos, tampoco entraré ahora a valorarla con detalle pues nunca estuve allí.

No es que envidiara a mis hermanos por tener la dicha de ir a su colegio, no, aquel era un mundo donde niñas y niños se mezclaban en las aulas haciendo el bruto (no salí de mi colegio siendo princesa, al contrario, con un rebote bestial, así que, qué malo había en ir todos juntos a clase desde el principio), vestían como les daba la gana (años de quejas y charlas con las hermanas hasta que se dieron cuenta que en invierno con falda y calcetines hasta la rodilla hacía frío y que el pantalón no era el diablo),  un lugar de espacios abiertos  al cielo, con árboles y pistas de juego, ventanales por los que ver el exterior, y no un lugar tan hermético que cuando nos daban permiso para ir a almorzar a la terraza, aquello me parecía un sueño, ¡ohhh, existían las nubes y el sol ahí afuera y se podía respirar, el aire no era tóxico!
En mi colegio, todo era recogimiento, rezos, no llamar a las cosas por su nombre, imaginería que muchas veces miraba sin pestañear por si atisbaba un movimiento que me indicase que aquello era real, que tenía vida propia; y de la realidad, los tejados de enfrente, lo único que se veía por algunas ventanas.

Un minúsculo patio de luces, eso éramos para los habitantes del universo exterior.

Lo que yo sentí entonces era un deseo que escapaba de mí por hacer lo que los alumnos públicos hacían: manualidades con chapa y segueta, poner todo perdido de serrín e ir avanzando con cuidado de no pasarse de la línea de la plantilla, tocar la flauta, ya que mientras yo memorizaba biografías de compositores y no escuchaba una sola nota, (este verano fui perdonada por Debussy a través de un pianista salvaje de Tomelloso por odiar al maestro durante mi etapa EGB) mis hermanos hacían sus escalas, sí, sé que resultaba fastidioso escucharlos mientras practicaban, pero eso era lo auténtico para una clase de música ¿no?, aprender ese lenguaje mágico de minúsculos símbolos negros y blancos sobre líneas  que iban saltando de renglón en renglón. Y eso que cantar, canté mucho. Pero echaba de menos escuchar la música de los grandes compositores por el tocadiscos, ese invento con el que teníamos que tener mucho cuidado de no destrozar la punta al limpiarlo; porque lo que más hice en ese colegio, mi colegio, fue eso: limpiar, siempre limpiar. Adoctrinamiento para ser una buena esposa o una buena monja.

Y luego estaba el libro de lectura SENDA, cómo no voy a hacer comparaciones, si ya solo el nombre tenía un poder magnético sobre mi imaginación expectante. Gracias a que mis hermanos dejaban tirados sin contemplación esos libros, como se hace con las cosas que resultan habituales, pude leer las historias que contaban, seguir las aventuras de aquellos niños que también construían cabañas y que incluso las coronaban con una bonita veleta que encontraban tirada por ahí. Mis lecturas de entonces eran casi todas religiosas, aprendí la misa de cabo a rabo, es curioso como permanece en la memoria la información más inútil. El aroma del incienso sí me gustaba, pero no quiero hacer un cálculo aproximado de las homilías y eventos varios a los que asistí durante años por decreto ley porque me mareo.

Hubo un tiempo en el que llegó una monja que no se cortaba nada, mientras nos examinábamos de algo, ella se sacaba la zapatilla y hurgaba con sus dedos buscando no sé qué para llevárselo a la boca. A otra, cuando hablaba, le salí esa especie de hilos blanquecinos que cosían su boca con puntadas viscosas que cada vez daban más asco; el estar en primera fila era un horror para estas cosas, siempre había que mantener las formas pese a todo.

La del momento zapatilla hizo algunas mejoras y abrió la biblioteca, regresaron los días de préstamo de libros, una locura. Era una profesora muy cuadriculada, no te dejaba leer lo que según su criterio no te pertenecía por edad. Así que leí lo que pude, me casqué toda la colección de Josephine Siebe de Kásperle, un títere de guante que un día despierta en un armario y decide viajar. Y también me dejaron sacar los de una colegiala llamada Puck, de Lisbeth Werner que era "un poco locuela pero de gran corazón…" Ahora que lo veo escrito, alemana, danesa…¡qué cosas!

No sé los motivos pero la biblioteca cerró sus puertas al año siguiente, no más préstamos; yo seguí insistiendo a la hermana Henar que necesitaba leer, pero ella no dio su brazo a torcer. ¿Piedad? Ninguna, así eran ellas. Aprendí pronto la palabra hipocresía, una pena. Así que no tuve más remedio que buscarme otras fuentes,  todo lo que llegaba de mano de mis hermanos y de su colegio público.

Desde que recuerdo, vivo enamorada de las bibliotecas, entraba en una para devolver un libro o dos y no metía los dedos en agua bendita porque no había, para mí aquel era el gesto más magnífico de la vía láctea y del más allá, y que aun ahora, a pesar de mi alergia a los ácaros y de no poder meter la nariz en los libros de viejo, adoro, me fascinan los libros apilados. De existir ese dios que tanto predicaban aquellas monjas de la congregación, habitaría en una biblioteca, seguro. Lugares sagrados en los que puede pasar y escuchar cualquier cosa, hasta el silencio.

Supongo que haber ido al colegio que se eligió para mí me ha hecho ser como soy, así que todo lo que cuento aquí es sin acritud, aunque quizás nada es cierto. 
Pero eso sí, yo quería leer lo que me diera la gana y llevar pantalones, y al final lo conseguimos con una huelga en el patio, mientras, fuera de esos muros, el país ponía rumbo hacia la novedosa Democracia, la libertad, mientras yo aprendía a gritar mecagoendios en la calle donde jugaba.



viernes, 20 de marzo de 2015

Ave Fénix


Me he metido en la cama con el estrépito de los últimos fuegos artificiales, las tracas finales que prenden la llama a las pequeñas fallas infantiles que esta noche arderán sin remedio; es la tradición, y aunque alguna vez he imaginado que por causas naturales las esculturas de cartón piedra no podrían ser quemadas en la noche del 19, sé que no ocurrirá jamás, sería impensable,  una quimera.

No sé por qué, pero me gusta el caos de la ciudad durante estos días falleros, parece que todo está permitido, que no hay reglas, sé que parece una locura afirmar esto, pero tengo ese sentimiento contradictorio en estas fechas. Si trabajo y he de madrugar me sofoco ante calles cortadas, el olor a fritanga de los puestos de churros y buñuelos de ¿calabaza?, los reconocibles retretes portátiles que, tras el gasto-robo excesivo de la visita de aquel padre de la Iglesia, reutilizan por el centro de la ciudad, vallas, contaminación lumínica, derroche de pólvora, dispendios que duran casi un mes entre unas cosas y otras. Abusivo.


Me ahogo cuando la gente se colapsa en una calle y no me dejan pasar, pero a la vez, me gusta pasear esos días por las callejuelas del centro, en mi estimado barrio del Carmen, y mirar todo con lupa: los portones de las casas más antiguas, los balcones, las plazas diminutas que parecen evaporarse tras estos días, como si las calles sólo aparecieran bajo nuestros pasos, mientras las andamos. Casi se vuelve al pasado, un trozo de muralla asoma entre edificios pequeños y destartalados, los restos de un aljibe se pierden entre la frondosa porquería de un solar olvidado; calles estrechas y oscuras, frías con aroma a piedra húmeda que reviven cada marzo con las luces, los adornos y alguna falla manufacturada por los propios falleros, esas  que dan sentido a la fiesta, los del hazlo tú mismo, Do It Yourself valenciano que me gusta.  En una falla así, que este año simbolizaba el ave Fénix que renace de sus cenizas y que el año pasado tenía dos presidentas, se ha quemado un deseo entre muchos más, el mío. Podías escribir cualquier cosa, introducirlo en un baúl blanco o en el negro y te aseguraban que nunca sería leído, y que se quemaría junto a la falla  la noche del 19 al 20. 


Con el fuego todo se renueva dicen, quemas lo malo y la primavera llega con el brote de vida que todavía no sabemos el cariz que tomará, pero siempre deseamos que sea positivo. La estación en la que florece el color y el esplendor en la hierba no debería traer nada malo, ¿verdad?

Me he acostado, como decía, con todo ese ruido de fondo con la tranquilidad que da saber que todo ese estruendo de pólvora y fuego es debido a las fiestas locales, que estoy a resguardo en mi casa y en mi cama de todos los conflictos violentos que pueblan el mundo y que me son tan ajenos. En otras tierras por desgracia, si tienen un lugar en el que intentar dormir, lo harán con la incertidumbre de si vivirán mañana, no hay futuro, sólo un presente que se cuenta por segundos, y la supervivencia. Olvidamos las guerras, las masacres, las mierdas sin sentido tras cinco minutos después de escuchar el titular; yo me acuerdo de todos a los que nunca conoceré, los que desaparecen.

Cada vida que se pierde tiene para mí el mismo valor, me da igual el dónde o el cómo. No quiero que mis palabras resulten catastróficas, sólo quiero dejar claro que disfruto cada segundo de paz y tranquilidad, que soy muy consciente de ello y que  aunque esté triste con motivos o sin ellos, desanimada o deprimida,  nada, nada se asemeja a la barbarie de todas las violencias.


sábado, 14 de marzo de 2015

¿Cómo se llama cuando dejas de percibir el peligro?


No sé qué demonios me ha sucedido, de verdad, no encuentro explicación lógica.

Hoy, mes 3 día 14 del año 15 a  las 9:26:56 h me he despertado con la exactitud de un reloj suizo, he ido a mear y a beber agua, sigo sin gusto y casi sin olfato. Todo normal.

Es un sábado cualquiera, me decía mientras camino por las calles de Russafa  hacia el Mercado Central, lugar donde estacionar mi cuerpo unos minutos al sol. Hoy no llevo libro y la batería del móvil es escasa pero puedo ir escuchando música un poco más.

Y sin pensar, mis pies han hecho el mismo recorrido que otras veces, me he encontrado con monumentos a medio montar, vallas y sacos de arena apilados por todas las esquinas, negocios de comidas de saldo inexistentes hasta ayer esperando hacer fortuna durante toda la semana, carpas inmensas: blancas, azules, zonas acotadas para divertimento de pólvora, y pese a todas estas grandes señales que me indicaban la cercanía de un peligro inminente, he seguido andando hacia el horror para una persona que sufre agorafobia, morir rodeada de gente que no conoces, ni puedes oler, alabada sea la faringitis que me tiene sin olfato.

Me metía por la parte delantera de unas vallas cuando me he dicho: no, por ahí no que hay mucha gente. ¡Maldito error bizarro! He navegado entre personal distinto sofocándome más por momentos, sin ver la salida y sin respiración. ¿Pero qué pasa? ¿De dónde sale toda esta gente? 
He experimentando todas las fobias: a los espejos, a cruzar la calle, a los objetos que están cerca de la parte derecha del cuerpo, a volverme loca, a la doble visión, a las cosas asimétricas, al desorden, los rayos gamma y a los agujeros negros, a las bacterias, al sol, al sonido, a las profundidades y a los sapos. He avanzado un poco más hasta que casi ahogándome he topado con la mirada de censura de un padre de familia, de tres niñas para más exactitud, que me ha hecho muro junto a su amada esposa a la que ha besado sin ganas.  Los he mirado y les he dicho en un correcto castellano: Quiero pasar al otro lado. No. Cómo que no, ¿voy a tener que tragarme esto (mascletà)? Sí, porque no puedes pasar, todo esto que ves está lleno de más carros de niños, de más familias.

High noon, sola ante el peligro, rodeada de malignos seres de una raza a la que no pertenezco, que clavan su mirada y sus codos en mí. Angustia.

He sentido la necesidad imperiosa de mentir, de gritar que se ha muerto mi abuela o algo así con ese dramatismo lorquiano, pero respirando hondo (aquí vuelvo a dar gracias a mi faringitis, que me lleva acompañando una semana, por mantener mi olfato nulo) he optado por esperar impaciente el comienzo del evento.

He escuchado el ruido atronador de la pólvora entre conversaciones con acentos varios, aplastada contra esta familia que hacía fuerza por apartarme a su vez de ellos (y eso que huelo mejor que bien), apretujada a mi retaguardia por dos carros de niños durmientes que en vaivén tocapelotas me daban en la espinilla con sus ruedas una y otra vez y otra más, y por mi frente, formando parte sin pretenderlo de un grupo amplio de adolescentes con el mismo tipo de gafa de sol y peinado donde yo no encajaba nada, obvio.


Vestida de negro, con pañuelo al cuello, guantes en los bolsillos, paraguas en el bolso y sin protección solar. ¿Por qué no he retrocedido cuando todavía estaba a tiempo? Saber que estaba siendo absorbida por la multitud y no hacer nada por evitarlo, ¿acaso existe una explicación aceptable a tan tremendo despropósito? ¿Dónde queda la razón entre el perímetro de una circunferencia y su diámetro? Justo frente a mí, en la sudadera negra de un pollo.