martes, 22 de septiembre de 2015

Principio de incertidumbre


Fue en mayo cuando al llegar a casa, exhausta por todo un día de intenso trabajo, vi la bolsa de té sobre mi escritorio, sin nota, sólo su cuidado envoltorio dorado en el que leí Rooibos Chai, mi favorito.

Mi compañera de piso me dijo que lo habían traído directamente de Sant Ferrán Té y que no dijeron más que mi nombre.

—Y no me mires así, que no tengo nada que ver. Tu comportamiento estas últimas semanas ha sido nefasto, no mereces un premio.

Recuerdo con nitidez ese momento porque rompió totalmente mi rutina diaria, la de llegar a casa, ducharme, cenar algo de pie en la cocina en silencio e irme a la cama sin perder un minuto. Sus palabras me hirieron y me di cuenta de lo estúpida que estaba siendo con ella, la única persona que cuidaba de mí. ¿Dónde había quedado esa mujer alegre que siempre fui?


—Lo siento mucho Lola, sé que no soy la mejor compañía. El trabajo me absorbe y no logro concentrarme en nada. Cuando no tengo curro lo necesito, y cuando lo tengo… un asco. Me estoy perdiendo por momentos, lo sé.

—Anda, pon agua a calentar y nos tomamos una taza de eso —dijo Lola mirando la bolsa. ¿Tienes un admirador secreto en la oficina?

El segundo paquete me pilló escuchando a los Deerhunter mientras ponía un poco de orden en mi habitación. Mi afición por las lanas apenas dejaba ver la cama. Tejía mis pocos ratos libres en cualquier postura a lo largo y ancho de esa estancia. Pensaba que si lograba concentrarme contando los puntos mi mente lograría vaciarse poco a poco de lo inservible, como aquella nostalgia que me tenía atada a un contexto que al parecer yo misma creé.



Esa vez, la mezcla de té negro con avellana y canela, llegó a mi puerta un sábado mientras sonaba “Helicopter” en el reproductor. El muchacho que me lo trajo desde la tienda dijo no saber nada, sólo que debía traer el encargo a esta dirección.

Si cada vez que tomaba una taza de Rooibos sentía curiosidad por saber quién estaba detrás del envío, con el té negro empecé a preguntarme seriamente quién demonios conocía mi tienda favorita y mis sabores fetiche. A menos que Lola me mintiese e hiciera toda esa pantomima del admirador para intentar una vez más desviar mi atención más allá de ese círculo concéntrico en el que en modo bucle giraba mi vida.
Mi vida, qué contradicción unir esas dos palabras en una misma frase; no es verdad que sea mía, ya no me pertenece.

Cuando semanas más tarde llegó el tercer paquete de té supe que las casualidades no existen, y que la persona que me lo enviaba estaba intentando decirme algo. Al abrirlo y respirar profundamente el maravilloso aroma que desprendía, fui transportada a los bosques nórdicos: a un verano recolectando bayas para hacer tartas y mermeladas, a los baños en el lago, y sí, a las picaduras de los mosquitos también, tenía que ser realista.

Pensar en té era también recordar aquél momento en el que ilusionada, él, mi pensamiento salvaje, me confirmó que a su regreso nos veríamos, lo cual me auguraba un futuro inmediato en el que podía pasar de todo entre los dos: hablaríamos, nos tocaríamos, y mil cosas más que siempre deseé que ocurrieran. Me dijo que probaría su colección de té y yo le creí. Más tarde me di cuenta que de eso trataba todo, de coleccionar, y yo, lejos de olvidar, afirmo que no se puede echar más de menos a una persona. No dio tiempo al desgaste así que sigo deseándolo por encima de cualquier otra cosa. Es mi debilidad, y con la llegada de paquetes de infusiones se acentúa más mi nostalgia. ¿Y si fuera él?

Así fue como, entre paquete y paquete, decidí largarme de la ciudad, hacer el viaje que tanto, tanto, había preparado en mi mente. Tenía razones suficientes, lo necesitaba con urgencia si quería cambiar el rumbo de vida, y aunque siempre soñé visitar la isla con él — ¡qué ingenua!—, tenía que asumir que eso ya no iba a ocurrir; y además, que lo de viajar sola no me asustaba, tras varios cruces de charco lo había superado con nota alta. A lo que no me había sobrepuesto es a la profunda tristeza en la que me dejó esa historia mínima. Desde luego que había amado en mi vida a otros y con intensidad, pero lo que sentía por ese hombre efímero era, además de inexplicable, nuevo para mí, no tenía nada que ver con mis experiencias pasadas, nada.

Cuando le dije a Lola que en diciembre me iba a Islandia, ella soltó un sonoro ¡Por fin! Intenté explicarle mis razones, pero no me dejó hablar.

—Tienes que ir, tienes que ir… olvídate de todos, tienes que vaciar, Ana, sé que sabes la teoría, llevas años estudiando esa asignatura, ahora has de practicar todo lo aprendido. Qué contento se va a poner Rubén cuando se lo cuente. Y desapareció de mi vista en busca de su teléfono móvil.

lunes, 21 de septiembre de 2015

La noticia imaginada



Última hora: Un joven no puede parar de comer

Un hombre entra en un restaurante asiático de la capital aragonesa la pasada noche del sábado en compañía de un amigo, y pasados dos días, todavía permanece allí, sentado y comiendo sin que por el momento ni los camareros y cocineros del local ni las autoridades públicas allí congregadas desde el domingo, puedan hacer algo al respecto.

La noche del sábado 19 era una noche de grandes expectativas festivas para Rubén C. de 40 años y Daniel DS. L. de 38. Sobre las 22:15 h se producía el encuentro de los dos amigos en la misma puerta del restaurante Tao, situado en la calle Camino de las Torres, donde se habían citado. Nada hacía presagiar los desagradables incidentes que luego se produjeron y que duran hasta hoy.

Daniel DS.L, no da crédito, así lo afirmó esta mañana, cansado y ojeroso, a nuestros redactores, una de ellas sentada por casualidad en la mesa contigua a la de estos hombres.

'En realidad no puedo contar gran cosa. Lo poco que sé, es que dos amigos que conversaban alegremente, se sentaban en la mesa dispuestos a cenar algo', dijo la periodista que disfrutaba de su despedida de soltera esa misma noche. 'Al principio me sorprendió que pidieran vino tinto con la cena, Viñas del Vero, buen vino. Pero viendo todos los platos que encargaban tenía sentido'.


El camarero que los atendió tuvo que doblar el turno cuando se vio el percal. 'Tengo la imagen clara de ese momento en el que supe que me tocaba a mí atender la mesa, los hombres dan más trabajo la verdad, y yo, ya estaba reventado porque la noche anterior había sido de aúpa. No es que tenga nada en contra de que los hombres entren a cenar, pero es que no paran de pedir, comer y beber a saco, y eso cansa. En cambio, si es una pareja manzana-pera, por lo general ellas comen poco y ellos para no quedar mal se controlan. Así que cuando me los vi me dije, aguanta maño. Jamás habría imaginado lo que ocurrió después. Nunca, en mi larga trayectoria en la restauración, vi cosa parecida, jodo qué saque'.

'Cuando nos dio la carta teníamos más o menos claro lo que sí íbamos a pedir', dice Rubén mientras mastica. 'El plato treinta y ocho, el cincuenta y dos, y, por supuesto, el sesenta y nueve, pero al nombrar el ciento tres, el camarero hizo un gesto de desagrado que no me gustó nada. Me dijo que no entendía lo que le decía, pero si yo sólo preguntaba dónde estaba el plato ciento tres, nada más. Daniel tampoco lo veía en la carta y el hombre actuaba como si yo intentara meterme donde no me llaman y eso no, hasta ahí podríamos llegar. Soy Ingeniero Industrial, a mí me van a hablar de números y razonamientos lógicos. Es evidente que falta ese número en la carta, el porqué es lo que intentaba averiguar, porque yo necesito respuestas y cuanto más lógicas y razonadas mejor'.

lunes, 14 de septiembre de 2015

El segundo disparo


Chicago,  primavera de 1957

Estimado Louie,
Una vez más te escribo cuando los niños duermen ya, y aunque dije que la carta anterior sería la última, una duda me tiene intranquila todo este tiempo que ha pasado entre aquella misiva y ésta.

He de reconocer que pese a mi promesa, incumplida con estas palabras, la necesidad de contacto aumenta ostensiblemente con el paso de los días, y me deja exhausta el pensarte tanto. No tengo costumbre de esto y parece como si me agujereara el alma. ¿Es este sentimiento mío, común?

Me gusta tanto mi soledad porque me protege de la gente, que creí ser inmune de por vida a que cualquier evento ocasional me proporcionara inquietud, desasosiego. He vivido siempre con esa voluntad, pero toda esta aparente fortaleza se desvaneció cuando tus ojos hicieron contacto con los míos entre Delaware y Rush.

En un primer momento, tan solo vi a un hombre mirando un escaparate. Acababa de hacerme un autorretrato, y, en esa misma posición, reencuadré y disparé mi Rolleiflex como lo hago de forma habitual. La luz daba de lleno sobre tu traje de corte impecable, y me gustó cómo jugaban las sombras y las luces con tu cuerpo; entonces te giraste hacia mí y la luz iluminó tu rostro, lo que me turbó momentáneamente, provocando un segundo disparo sin variar el encuadre. El dedo actuó de forma independiente a mi cerebro, mi cuerpo quedó paralizado sobre la acera. Nunca me había pasado eso. Hasta ese día, jamás he hecho la misma foto dos veces.
Me puse muy nerviosa cuando me miraste, estoy tan acostumbrada a que a algunos no les haga ninguna gracia que les fotografíe, que me dije, vaya, ahora tendré que dar explicaciones al caballero. Pero no, fuiste tan gentil, y tu voz tan seductora que me vi aceptando tu propuesta sin pensar. El resto de esa tarde ya lo conoces.

Llegaste a la ciudad a la vez que lo hacía el otoño. Fueron pocos encuentros pero intensos y yo, ya no me reconozco. Soy una persona comedida, nada dada a la demostración de afecto, hasta con mis niños queridos adopto una actitud marcada y recta dentro del cariño que les tengo que es mucho, pues no sabes cómo pueden llegar a absorber y a traspasar los límites si les dejas; así que estoy acostumbrada a las distancias y no al contacto de piel con piel. 

La excitación y la atracción de esos días se tornaron dicha para recordar en mis días iguales. Pensé que eso me bastaría, que podría sobreponerme a tu ausencia, pero son muchos los ratos en que eso es tarea imposible. Te echo de menos muchísimo y aún así, me queda la duda, esa que te comento al principio de esta carta, de si en verdad estás quemando mis cartas, si en verdad no me escribes como te supliqué. Lo cierto es que yo misma me contradigo porque en este instante es tan grande mi deseo por ti que quisiera que me estuvieras mintiendo, que no quemaras mis letras, que las leyeras una vez y otra, encontrar una carta tuya muy larga sobre mi escritorio. Sí, es algo que imagino cada noche metida en la bañera, mientras enjabono mi cuerpo con las manos; nunca había sido tan consciente de mi cuerpo como hasta ahora, desde que lo acariciaste tú. Y quiero leerte, ¿qué digo? Muero por leerte, porque no puedo escucharte, porque no puedo tocarte. Y busco tu aroma en la calle como animal salvaje, por si te me apareces de frente, pero no te encuentro. Y no quiero amarte porque no puedo tenerte.

Me tiemblan las manos al poner por escrito mis pensamientos más íntimos, comunicarme de esta manera no es propio de mí, te lo aseguro, me hace sentir desnuda en mitad de Times Square.

Quemaré los dos negativos, que no me he atrevido a positivar, cuando me crea preparada. No sé si será esta semana, la que viene o dentro de diez años, pero lo haré cuando ya no me duela pensarte, para que el rastro de ti se evapore del todo y no quede constancia que en ese lado de la ciudad, aquí en Chicago, hubo un tiempo en el que tú y yo nos encontramos.

Sé con certeza que no amaré a otro, Louie. Ahora lo que quiero es que mi deseo por ti se torne indoloro o que fluya hasta los mínimos, porque me siento impotente y triste.

Ya puedes quemar esta carta, que no voy a decir que sea la última aunque lo espero, quémala junto a mi retrato, que nadie sepa que he amado.

Vivian Maier


© 2014 Maloof Colletion, Ltd. 



jueves, 10 de septiembre de 2015

La vida: atravesarla a nado


Todo comienza con una cámara al hombro, un plano subjetivo, un bosque y la melodía nostálgica de Marvin Hamlisch



Durante unos instantes eres tú el que camina por el bosque, y son tus ojos los que observan el terreno que pisas. Las hojas secas empiezan a cubrir el suelo y crujen a tu paso, hasta que entra en plano un cuerpo de hombre atlético que sólo viste un bañador ajustado, a la moda de la época, corriendo descalzo; ahora somos simples observadores, él corre y nosotros no sabemos de dónde sale ni hacia dónde se dirige, y como queremos saber, lo seguimos a su mismo paso hasta que de cabeza se lanza a un piscina de aguas turquesa. Al otro lado, y en primer plano, le espera un vaso con alguna bebida etílica y un amigo que se alegra mucho de verlo, la mujer de éste y un matrimonio más. Todos andan con resaca de la noche anterior, así que las pocas ganas de nada contrastan con el estado enérgico del hombre que hemos seguido por el bosque y del que ya conocemos su nombre: Ned Merrill. Un hombre que en su madurez conserva un cuerpo apolíneo y fresco.


La primera vez que Ned mira al cielo en esta casa, lo hace como si lo mirara por primera vez, o llevara mucho tiempo sin hacerlo. Es verano, el sol brilla y el agua está estupenda.

— ¡Qué día hace! —dice exultante.

Durante la conversación, cuando comentan que no sé quién se ha construido una piscina, él permanece ausente unos instantes mirando toda la extensión del valle, imaginándose un río de piscinas privadas que se extiende en el horizonte y se dice en voz alta: ¡podría hacerlo! ¿Qué podrías Neddy? Cruzar el valle nadando de piscina en piscina hasta la colina, donde está mi casa. El río Lucinda en honor a mi mujer que me está esperando.

Es fácil simpatizar con Ned, la idea de ir nadando a su casa es hasta romántica, una aventura divertida para un domingo de veraneo.

Y comienza su periplo con optimismo, casi se diría que feliz, aunque esta alegría se va tornando poco a poco en confusión a medida que va avanzando por entre las casas de sus vecinos. Desde la primera, donde lo reciben con alegría, pasando por la de una despechada amante que lo desprecia, a la última donde lo reciben con desagrado.

La estructura de la película sigue un patrón: llegada a la casa, interactuación con los dueños, recogida de información por nuestra parte, y primer plano del rostro donde vemos sus ojos como piscinas, expresando el desconcierto o simplemente imaginando que todo está bien y para finalizar cada capítulo, su salida de nuevo al camino, continuar la huida de lo real, que es lo que se va encontrando en cada casa. El tiempo atmosférico varía a la vez que lo hace el trato de los vecinos y amigos, que se va tornando más áspero e irascible. Todos estos cambios los va sintiendo él en su cuerpo, recordemos que sólo viste un bañador, así que los escalofríos se hacen más intensos cuanto más cerca de su casa está.

El reencuentro con la canguro de sus hijas, que lo acompaña un trecho emocionada, hace que comience a sentir nostalgia de otro tiempo que no parece medir bien, para él es como si fuera anteayer la última vez que se vieron. Si ya en la primera casa vimos las miradas de los cuatro amigos extrañados por su comportamiento, ahora podemos asegurar que algo no está bien en Ned, las palabras de promesas salen a borbotones, desea con euforia aferrarse a esos momentos pasados que ella recuerda bien y que él vivió con total desconocimiento. Le atrae la idea de continuarlos como si nada hubiera pasado. Ella se marcha asustada, lo abandona en su aventura.

De piscina en piscina se van desnudando las miserias de la vida acomodada en el suburbano, del sueño americano, vamos conociendo más a Ned y sabemos que han pasado años, no semanas como él quiere creer. Es como si renegara del tiempo.

Los hipócritas, los fanfarrones, los que como él adulan a otros, los que ya no ocultan su ira y su desprecio; Ned ha sido igual que todos ellos: egoísta, bebedor y mujeriego, un hombre sin escrúpulos al que nunca le ha importado los sentimientos de los demás. Pero ahora ha tocado fondo, ya no es el de antes, y vive una travesía de autoengaño, creyéndose su propia realidad. Por eso no entiende o no quiere ser consciente del porqué lo tratan con más rudeza cuanto más cerca de su hogar está, cuanto más íntimos son los personajes con los que se encuentra.

El pasado siempre acaba por alcanzarte.

Un punto de inflexión quizá lo marca el encuentro con Kevin, el hijo de unos vecinos al que han dejado con la criada y una piscina vacía, porque es cuando se ve a sí mismo, en la soledad más absoluta, perdido al ver truncada su aventura de nadar hasta casa.

El niño no sabe nadar. Si crees con fuerza que es verdad, será verdad, le comenta al pequeño.
Ned está acostumbrado a adular, a gastar y a hacer promesas que luego no cumplirá. Lo hace con todos, y lo hace con el niño también. Es la falsedad del ser humano que va por la vida arrollando al resto en continua apariencia y alardeo, así es como cruzan ese prisma vacío, andando y fingiendo que está lleno de agua.

La secuencia de la piscina pública lo ridiculiza de una forma brutal. Un hombre que lo tiene todo enseñando que sus pies han sido lavados a conciencia, separando dedo a dedo, teniendo de fondo a la multitud, una piscina infestada de bañistas a los que tiene que ir sorteando como puede. Momento atroz para su ego que soporta porque tiene que llegar a casa a nado, debe hacerlo. Y me parece curioso que sabiendo qué clase de hombre es lo compadecemos. Pero claro, el resto de gente no es mucho mejor que él, y lo demuestran en cada aparición.

Está claro que algo le sucede a su mente, no sabemos si finge o si ha perdido el norte totalmente, pero nos apena cuando al final del trayecto, al final del río Lucinda, ella no está, ni sus hijas tampoco juegan al tenis en la cancha como él suponía. La casa está cerrada y olvidada, hace mucho que nadie la habita, y él llora sin consuelo bajo la fuerte tormenta que colorea todo el verdor del valle con un triste gris mojado.  

Lo ha perdido todo, así es su vida real, la que ha ido recomponiendo de piscina en piscina. Ya nadie enjuga sus lágrimas, está solo y empapado de cruda realidad.



          El nadador. The swimmer (1968)
Una película dirigida en un principio por Frank Perry y por Sidney Pollack que la terminó. El guión lo escribió Eleonor Perry basado en un cuento del mismo título escrito por John Cheever para The New Yorker en 1964. 

Como en toda película que se precie hubo de todo: El director Perry (despedido por diferencias creativas) y el actor Burt no estaban hechos el uno para el otro, hubo cambios en el casting a medio rodaje, el productor pasó de pagar algunas cosas y no aparecía por el set, Lancaster puso dinero de su bolsillo para pagar el último día de rodaje, director y guionista que se casan… En fin, lo normal. 

Como dato curioso decir que el primer elegido para el papel principal fue William Holden, que lo rechazó, como luego hicieron Glenn Ford y Paul Newman; así que se lo llevó la última opción, Burt Lancaster, que a sus 52 años luce espléndido, al menos eso dijo la crítica con unanimidad. 

El actor dijo después que la película fue un completo desastre pero aún así la favorita de toda su carrera. Sorprende saber que antes de rodar tuviera miedo a nadar, así que Mr. Lancaster tuvo que ser entrenado por el que fuera jugador de waterpolo Robert Horn, que luego se convirtió en entrenador de natación y waterpolo en UCLA (1963-1991) y también formó parte del cuerpo técnico en las olimpiadas de México 68 y Munich 72. Vamos, que con este campeón a Burt se le quitaba el miedo al agua sí o sí. 

Me he enterado hace poco que el año pasado se editó en video un documental sobre el rodaje de esta película titulado “The story of the swimmer” dirigido por Chris Innis. Los documentales me fascinan. Me habría gustado verlo antes de escribir esto, pero no lo he encontrado por ahí. 

En mi opinión, la película, rodada en 1966, se nutre del mismo espíritu de los cincuenta retratado por Wilson Sloan en su libro “El hombre del traje gris” (expresión por la que se conocía a los ejecutivos de los rascacielos que viven en urbanizaciones a las afueras de la ciudad, y visten trajes similares). El discreto desencanto de la clase media-alta, una visión que sigue de actualidad, y que también ha abastecido a la serie de tv Mad Men, de hecho Don Draper y Tom Rath, el protagonista del libro, son personajes análogos.




jueves, 3 de septiembre de 2015

Lista Uno. Verano


Este verano ardiente he aprendido bastantes cosas. Aunque en algún momento creyese vegetar y otros no pudiera ni respirar, he acumulado conocimientos.
He aquí mi lista hecha de forma aleatoria. 

He aprendido que
… no hay mejor forma de comer melón que en batido con hierbabuena fresca. Delicioso brebaje bien frío.

… si decido saltarme alguna comida para bajar barriga, me entran las hambres de la muerte y acabo arrasando la alacena y/o el frigorífico.

 … los de izquierdas no pueden irse de vacaciones solos o con amigos, ni ponerse un bañador ni coger flores y menos darse un chapuzón, ¡hasta ahí podíamos llegar! Y de ir a un restaurante, o tomar café a media tarde ni hablemos, ¡qué despropósito miserable!

… el ser humano es capaz de girar la vista y demás sentidos cuando algo no le agrada ni va con ellos, al menos mientras creen que no va con ellos, después lo mismo miran, pero de reojo y se ponen a hacer números cual trileros. ¡Malditos bastardos! En realidad, esto no lo he aprendido ahora, lo llevo viendo desde que simulo tener uso de razón, hace ya la tira de años.

… el ser humano puede convertirse en lo más hijo de perra que ha nacido en el planeta, y a pesar de eso, encuentras personas que valen mucho la alegría que te da al conocerlas.

… nunca me canso de ver The quiet man: mi bar, mi pelirroja, mi ex boxeador al que le gustan las rosas y ese pueblo precioso, Innisfree, Cong en Mayo County. ¡Adoro Irlanda!

… la violencia no terminará sin educación y que la vida no es vida sin ésta, que debemos luchar por una educación de calidad y pública y que, por supuesto, ésta debe comenzar en casa. Sobre todo, nunca mirar hacia el otro lado ante la maldad.

… nos encantan las fronteras y los límites, salvo a unos cuantos pringaos que por supuesto no deberíamos tener derecho a voto.

… si me gusta el sexo, no tengo pareja y quiero follar, ya soy promiscua y por lo tanto estoy invitando a todo macho alfa, beta o gamma a que abuse de mí en todos los sentidos porque lo merezco y bien que me lo he buscado.

… cuando te has quedado sin nada, y quiero decir sin NADA, no te importa dormitar sobre escombros o entre la mierda y que por ello no significa que lo seas, y nadie, nadie debe plantearse si mereces vivir o no. Sigan haciendo números señores y señoras. Y no, los que huyen no son culpables de haber iniciado ninguna puta guerra.

… no aprendemos nada de la historia violenta de los pueblos y repetimos hasta la saciedad sus mierdas. Que prefiero joderme por amor mil veces a que tú armes la guerra por dinero, poder, crudo o lo que coño creas más importante que los sentimientos y las personas.

… he de aguantar la respiración mientras rocío sobre mi cuerpo ese líquido infame antimosquitos que venden en ese super tan merca si no quiero morir yo en lugar del insecto en cuestión. Aún así no es la panacea, que se lo pregunten a mi piel.

… no por mucho madrugar amanece más temprano. Ni por muy pronto que me acueste más dormiré y mejor.

… los ex se cuelan en mis sueños sin que nadie los invite, quedándose tan anchos ellos y tan de mala hostia yo. Gracias a que al despertar no había vuelto a casarme con el mismo.

… no es verdad aquello de El que la sigue la consigue, y no me jodáis más con la cantinela todo pasa por algo, porque no es así.

… se puede encarcelar alegremente a una señora mayor, que construyó hace muchos años su casa en una reserva natural, por negarse a demolerla porque no tiene dónde ir, y por el contrario, si has edificado un bloque inmenso de hormigonaco en la misma línea de mar, pasándote por el forro de los cojones toda la ley ambiental, de costas, de la edificación y del buen gusto por el mero hecho de babear ante la pasta gansa que sacarás con el hotelazo y con el mamoneo de tus amiguitos del alma no pasará nada. El Supremo se va a pronunciar este mes sobre el Algarrobico. Señores, ya me pronuncio yo si eso. ¡Abajo con él, ya tardáis demasiado!

… por mucho Vincenzo Nibali que seas, si te caes de la bici y te enganchas a tu coche en carrera para recuperar el tiempo perdido por la caída, te vas de la Vuelta y no se hable más.

Esperanza Aguirre es el conejito casposo y cansino de Duracell de la política madrileña, da mucho asco y queremos que se vaya un poquito a la mierda.

… una Alhambra 1925 bien fría te hace perder el sentío de lo rica que está. Y que las cervezas con amigos saben y sientan mucho mejor.

… si tengo la regla no me puedo meter en las piscinas, no vaya a ser que contamine nuclearmente la zona y, por ende, a los bañistas.

… hay miles de películas que no he visto y miles de libros que no he leído y eso me provoca una ansiedad terrible, sea la estación que sea.

… hay gente eufóricamente feliz porque Pipi Estrada, esa gran figura del periodismo deportivo, los sigue en Twitter. ¿Por qué me sorprenden este tipo de cosas?

… el mejor presidente norteamericano sin duda ha sido Josiah Edward "Jed" Bartlet, un presidente de ficción, o sea, Martin Sheen pasados los años desde que regresara del infierno de la jungla.

… lo mejor que pueden hacer ciertos ex presidentes del gobierno es callarse la boca y seguir fumando su puro en su barco, ahí tan sencillo él.

… un jugador de fútbol puede ser contratado o puede que no.

…  como presidente del gobierno, nunca está demás dejarnos frases con enjundia, de esas que crean escuela, y se autoproclama sin pudor "Rey de las ruedas de prensa". Lo inaudito es que se lo cree. Fue el mismo que dijo que en España hay españoles y que los catalanes hacen cosas.

… nunca es tarde para descubrir un grupo musical que te encante y que los descubrimientos semanales del Spotify, últimamente son cojonudos. También que al explorar temas no tengo dudas si veo la palabra EXPLICIT en un gris muy claro sobre el gris oscuro de fondo, y cliqueo sobre ella, soy así, “too street”, como Idris Elba. Ya sabemos que a ninguno de los dos nos van a elegir para interpretar al próximo James Bond.

… en los quirófanos te enteras de todas las movidas de enfermeras y médicos, si hay anestesia local, claro. Hoy me he enterado de que la enfermera ha ido de vacaciones al norte y que su sobrino mayor ha sido padre tres semanas antes de lo previsto. El bebé se llama Mirel, todos están bien.

… que tengo tantas cosas que tatuarme que cuando tenga el dinero para hacerlo, cubriré al menos la mitad de mi cuerpo.


También he aprendido la palabra islandesa Draumstafir, que no se pronuncia como se escribe ni de coña y significa algo así como soñar lo que tu corazón desea. Algo de esto también me voy a tatuar.