domingo, 8 de noviembre de 2015

Sumergida


It could be said that the doors help purify one's spirit while, at the same time, they enhance the atmosphere.  Kochuu
foto ©Ana Meca

Que me gusten mucho los comienzos no es algo que me haga diferente a los demás. Me encanta sentir la emoción de los primeros momentos, ese no saber qué puede pasar mientras no puedo negar que espero mucho y todo bueno de ese preludio y me dejo mezclar. La ilusión y el ensueño, la esperanza de poder disfrutar.

Me gustan tanto los principios que la vida me ha dado muchos finales, unos malos y otros peor elevado a la enésima potencia. No comienza algo si no hubo un final previo, esa es la realidad, lo que hace a la rueda girar. Aunque no quieras que las cosas tristes sucedan, porque duele una barbaridad y temes que tu corazón no lo resista, sin ese fin te estancas y no dejas que ocurra la vida. La teoría está aprendida, pero al querer llevarla a la práctica algo no funciona, algún ingrediente secreto debí olvidar, o quizás no entendí bien las ecuaciones.

¿Qué se necesita para dar el salto? ¿Qué puede generar ese impulso tan vital que nos lance fuera del círculo mínimo? Se está convirtiendo en un misterio.

La costumbre te doma la energía hasta el punto de adormecerla por completo. Durante un tiempo no distingues qué fue antes y qué es ahora. Al final acabas enterándote de todo lo malo, aunque sea a plazos. La mentira debilita el sentimiento profundo, lo apelmaza hasta crear una masa informe de nada que el tiempo no cura pero aligera el dolor. Los reproches continuos que hiciste teniéndome al lado porque tú mismo no estabas bien, es la peor recompensa que pudiste ofrecerme por quererte, y hay que tener cuidado con eso, pues existe una delgada línea entre las malas acciones, la cobardía y el rechazo, el asco, o lo peor, el odio, un sentir al que me niego, demasiado repulsivo para alguien como yo.

Confieso que he sentido rencor y rabia, odio jamás. Quizá me hubiese sido de ayuda para pasar el duelo, mas nunca lo sentí y así me fue. Cuando comienzas a sentir bienestar, deseo, cuando tu cuerpo se predispone liviano a conocer a otro, nada de esto piensas, nunca imaginas el final, tan solo te sumerges en el principio, sea lo que sea que te espere al otro lado de las yemas de tus dedos. Y cada vez asusta más emprender el viaje novedoso, imaginarlo siquiera. Temes crearte demasiadas expectativas, fallar estrepitosamente, y ese miedo lo único que inventa es una urdimbre basta y pegajosa difícil de sobrellevar, ya no de eliminar, y te acompaña, te resta espontaneidad, cambia tu carácter, y te susurra al oído un “nunca más podrás” que no deseas escuchar, porque quisieras quedarte ahí con esos pensamientos salvajes, en ese instante de felicidad plena aquella noche de abril. Porque si por ti fuera estarías en lo alto de ese árbol inmenso, abrazada a sus ramas y deleitándote con la mágica visión de las auroras boreales; tan sólo una canción dedicada y eres capaz de volar. Por los mejores besos te lo doy todo.

¿Nunca más podré?, me pregunto aterrorizada por si fuera mentira y todo volviera a comenzar de nuevo, sufrir otra vez. Siento miedo real y ya dura demasiado. Después del centeno comenzar me asusta, y no quiero que me ocurra eso, pues me encantan los comienzos, con sus nervios, su electricidad, con ese deseo intenso porque pase algo bueno.

Me gusta el principio de un libro nuevo, cuando meto mi nariz en las primeras páginas satinadas y respiro el papel y la tinta impresa, esnifo caracteres en negro. Leo el primer párrafo con anhelo y con esa alegría que me absorbe y me transporta.

Me gustan los títulos de crédito cuando comienza una película o el capítulo de una serie que me puede fascinar. Nado con ellos, me introduzco en el guión sin que lo sepa nadie, soy como una sombra en cada fotograma y me fundo a negro. El final del libro me deja huérfana e insignificante frente a la hermosura de la escritura y de lo vivido; el final de la película, exhausta, destrozada o inmensa en mi propio drama.

Me encanta ese primer mordisco a un pastel que llevo días queriéndome comer, el primer sorbo largo a una cerveza bien fría, el primer surco con lengua en un cremoso helado. Me fascina el primer beso, el segundo, el tercero,… Me gusta el primer baño nocturno del verano, me encanta esa primera mirada cuando aún no somos nada y podemos tener todo por delante.

Somos prólogo y epílogo, y en medio, tantos capítulos como seamos capaces de manejar.

¿Qué, escribimos algo, Rubén?