sábado, 6 de agosto de 2016

Requiem fingido



No me gustan las avispas desde aquel día, durante el verano del 74, en el que uno de mis hermanos lanzara una piedra a un avispero con toda la determinación escolar del que piensa que no habrá consecuencias ante un hecho tan dramático que ya se veía venir (no sé en qué estaría pensando Negro, el hermano que me sigue en la escala de nacimientos). Las avispas salieron en formación Patrulla Águila a lancearnos a todos los que andábamos por los alrededores, aunque la justicia de la Naturaleza tuvo a bien que la peor parte se la llevara el lanzador de piedras, el ejecutor, el ser sin cabeza.

Tras picarle varias veces entre los ojos con saña, siguieron con el resto del grupo, y aun con la rápida actuación del Primo con su mejunje de vinagre y barro, aquello acabó masacrándonos a todos y dejando mermada nuestra libertad por unas horas.

A mi pobre hermano, digo pobre porque tras el enfado inmediato su aspecto me dio mucha pena, se le hincharon los ojos de tal forma que estuvo sin poder ver absolutamente nada durante varias jornadas, en las que nosotros seguíamos haciendo vida normal y asalvajada, y él permanecía literalmente tumbado y sin moverse en la cama obligado por prescripción médica.

Me asomaba a la habitación en la que dormíamos todos juntos sin hacer ruido, observando su cara que desfigurada parecía más la de un japonés de sumo que la de un niño occidental de corta edad. Me daba mucha penica verlo así, inmóvil. Mis picotazos en el brazo derecho no fueron para tanto pese a la hinchazón monumental, ni los de mis primos tampoco, pero me sentía culpable por haberme enfadado y gritado tanto ahora que lo veía  en esa penosa situación.

Pienso en esto mientras observo a una avispa intentando zafarse del agua de la piscina. No siento su sufrimiento aunque sí su coraje y su fuerza. Con su pataleo constante y sin pausa, intenta alcanzar el lateral de la piscina donde le esperan las teselas y sus juntas de pasta rugosa, es como si adivinase una posible zona de agarre y confort donde permanecer a la espera mientras secan sus alas. Pero soy malvada y con mi mano hago ondas en el agua, simulo que remo para arrastrarla más al centro; y mientras esto ocurre, siéndole imposible sacar las alas empapadas del agua que deben pesarle kilos, sus patas hacen movimientos cada vez más rápidos. Sin darle respiro al bicho rayado, lanzo desde el cenit todo el agua que contengo entre las manos, hundiéndola más.

Pero la condenada resiste y emerge otra vez. Sigo molestándola porque ella se ha empeñado en sobrevivir como sea y yo en que esto no ocurra. No quiero eso para ella, quiero que se ahogue, porque, ¿para qué sirve una avispa?

Su zumbido prepotente es molesto, husmear alrededor de una que intenta darse un baño tranquila es molesto. Ese ruido basto desafiante me molesta. Y eso que muerdo mi lengua cuando se acerca, pues dicen que suelen marcharse, desaparecer... mas lo único verdadero es que siempre vuelven, o esa misma u otra diferente, soy incapaz de distinguirlas.

Y sé que resulto inmensa para ellas, que quizás ven amenaza cruenta en mí cuando aparezco semidesnuda en el filo de la piscina con mis gafas de nadar en falsa imitación de libélula.

Sintiendo nada vuelvo a ejecutar una aguadilla, esta vez con más mala leche y, dejándola a su aire, me sumerjo en el líquido transparente pues el sol pega fuerte y comienzo a asfixiarme. Al salir a la superficie miro hacia donde estaba la última vez y, por fin, llego a una conclusión: las avispas al morir no estiran la pata, ninguna de ellas, apuntan una de sus alas al cielo, como despidiéndose del lugar donde deberían estar sobrevolando felices, y sin que nadie les haga la puñeta.

Esta ya no clavará su aguijón en carne humana.

Y van cuatro. Con menos de esa cantidad el estudio no sería todo lo serio que se espera.

1 comentario:

  1. Tu mano empujando la avispa. Un plano que ningún realizador dejaría pasar para pintarte como personaje. No por capricho, por defensa.

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Estos son los que no se callan, y me encanta que así sea