domingo, 6 de noviembre de 2016

El soldado que escribe


Permanecí en el aula de párvulos sólo unos minutos. Las hermanas y profesoras del colegio de mayores, consideraron que al saber leer, escribir, hacer sumas, restas y alguna multiplicación sencilla, ya estaba preparada para subir al siguiente nivel,  de E.G.B., sin pasar por la plastilina.

Ese momento puntual decidió mi futuro escolar y quiénes serían mis compañeras de clase hasta terminar ese periodo de la Enseñanza General Básica. Doña Anita, mi maestra en los cagones (nada de guardería ni escuela infantil), hacía su trabajo con cariño y le estaré eternamente agradecida. Aprender a leer es lo más fascinante que me ha pasado en la vida.

Recuerdo con nitidez el primer y último pescozón que recibí de la profesora de primero como si hubiese ocurrido ayer. (Por aquel entonces nadie se preocupaba en absoluto si la "señorita tal" se propasaba con el alumnado; alguna carecía de paciencia y la mano, el borrador o la regla levantaban el vuelo alegremente para ella, con dolor para la que soportaba la caída en picado). Estábamos sentadas en círculo sobre el suelo de terrazo, postura que nos relajaba para tratar temas más triviales. Era como hacer fuego de campamento pero sin hogueras ni campo. La señorita preguntó «¿qué quieres ser de mayor?» y cuando me tocó el turno respondí sin dilación: ¡soldado! Dos segundo de silencio y un ¡zas! en mi cabeza rubia. Menudo golpe de bienvenida, esa mujer sabía cómo persuadirte, así que reculé con celeridad y dije: ¡profesora!, como la gran mayoría proclamó antes de mí, y eso calmó a la fiera que llevaba dentro.

No entendí entonces que por decir la verdad se me castigara, no lo entendí nunca, cuando en ese colegio lo que más se ensalzaba era la Verdad y la Vida, no del ser humano desde luego, más tarde comprendí, sino del divino ser invisible que nos acechaba sin contemplación día y noche, nuestro juez.
Sí, quería ser soldado, no peluquera, profesora o enfermera y me llevé una hostia, así de claro.

Tuve conciencia política tarde, lo reconozco, pero es que hasta ese momento en mi entendimiento infantil había ciertas cosas que la inocencia daba por hechas, como la igualdad, el respeto, la no violencia. Yo quería ser soldado no porque en mi cabeza entraran guerras, matanzas ni muertes, quería ser el soldado que salía de paseo por mi pueblo tras la hora de la siesta, quería ser el soldado que viajaba con su petate al hombro en alguno de esos trenes lentos, incluso quería ser el soldado apostado a las puertas del regimiento de paracaidistas. Quería ser piloto de helicópteros porque me fascinaba su sonido en el aire; quería ser el soldado que hacía mapas en el Servicio Cartográfico del Ejército porque imaginaba miles de aventuras recorriendo el terreno, haciendo fotografías desde avionetas. Sólo veía lo romántico, lo superfluo y eso no era dañino para nadie.

En los pueblos con acuartelamiento existía una regla no escrita dirigida sólo a mujeres: «Ante todo, prohibido hablar con soldados, que acaban la mili y se van.» Esa frase, que yo no descifré hasta más tarde, se me quedó tan grabada en la quijotera que hablar con ellos fue una de las primeras cosas que hice cuando empecé a salir por ahí todas las tardes de verano. Rebelde que era una.

Así me convertí en uno de ellos teniéndolo todo en contra. Después me fui dando cuenta de todo lo demás, de la falta de honestidad, de igualdad; leí sobre temas diversos para ubicarme, para encontrar mi lugar. Al parecer se pretende que cada ciudadano se identifique, que tome partido porque la inocencia se acaba un día y ya no la recuperas jamás. Mi lugar era con el pueblo, con los que leían, con los que tenían conciencia social e inquietudes culturales.

Un compañero de clase me susurró facha por observar cómo pasaba en formación una patrulla de aviones F-14 de la base  aérea de Manises que hacía su entrenamiento diario sobrevolando el Centro de Enseñanzas Integradas. Otra vez me llamaron roja por estar en desacuerdo en temas sobre el aborto en una de esas clases para niños tras la misa dominical, a la que asistí por imperativo legal ya que pasaba el fin de semana en casa de mi amiga y su familia era muy practicante. Tenía quince años.
Nunca me gustaron las etiquetas ni en la ropa, simplifican demasiado y acaban definiendo sólo al que las coloca.

No practiqué la violencia física mas que en dos ocasiones, justificadas para mí entonces: la primera cuando un niño golpeó con un palo a mi hermano que volvía de repaso en su bicicleta, la segunda, cuando una chica me llamó puta por bailar como lo hacía, la realidad era otra, yo le gustaba al chico por el que ella moría de amor. ¿Quién dijo que la vida iba a ser justa? Bien que lo he aprendido.
No hubo sangre en ambas ocasiones: un agarrón de ropa que la levantó del suelo unos centímetros, y eso sí, al niño, que mis secuaces y yo pillamos en una calle colindante, le di de hostias. Dudo que le hiciera mucho daño, era pequeña, pero a partir de ese momento me miraron de forma diferente por las calles del pueblo, y a mi hermano no lo volvió a tocar nadie jamás. Ésto me mereció el dolor de mano que duró días y el que la adrenalina casi hiciera salir el corazón de mi pecho.

Sí, nacer entre tanto chico me convirtió en un Sargento Highway de pacotilla para protegerme: dureza externa algunas veces y, a solas, muy emocional, observadora y silenciosa. Había que improvisar, que adaptarse.
Siempre he creído en el diálogo, no en la lucha física o verbal, prefiero un silencio a tiempo. ¿Qué clase de soldado habría sido cuestionando cada orden absurda?

El resumen es que me sentí tan invisible durante mi infancia que en la adolescencia me desaté para llamar la atención creando mi propio personaje de ficción, porque era así como me gustan los soldados, en la ficción, el único lugar donde admito cualquier tipo de violencia, porque es fingida y luego los actores se van de cañas.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días, mis pensamientos, mi conciencia política y social es muy clara, y aún así, sigo siendo el soldado que esperaba ser, el soldado que escribe. Así firmábamos nuestras miles de cartas mi amiga Lony y yo, mucho antes de que la tipografía digital arrasara nuestras vidas. Todavía nos llamamos así y me gusta, porque son momentos que recuerdo con mucho cariño. 


Lony y yo serias
Lony y yo de risas
¿Recordáis el fotomatón? ¡Ay, qué ratos nos proporcionaba!

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Estos son los que no se callan, y me encanta que así sea